En Reconquista hay cosas que no necesitan explicación.
Pasa con el río, con la siesta… y pasa con la corrida.
Porque esto que hoy conocemos como los 10K Reconquista
no es solamente una prueba atlética. Es una costumbre. Una de esas que se
esperan, que se comentan en la semana, que se sienten desde temprano en el
aire.
Muchos todavía la nombran como antes. La vieja
«corrida», la de toda la vida. La que fue cambiando de nombre pero nunca de
espíritu. Porque más allá de cómo se llame, hay algo que se mantiene intacto:
la gente.
Acá no hace falta que te guste correr para salir. La
ciudad igual se vuelca a la calle. Aparecen las silletas en la vereda, el mate
que va y viene, los chicos que se arriman para chocar una mano al paso, el
aplauso sincero, sin protocolo. Es un aliento que no se ensaya. Sale solo.
Y eso se siente. Lo sienten los que vienen de afuera,
que siempre se sorprenden. Y lo sienten, sobre todo, los de acá. Porque correr
en Reconquista no es lo mismo que en cualquier lado. Acá alguien te grita tu
nombre aunque no te conozca. Acá siempre hay una palabra más, un “dale que
falta poco”, un gesto que empuja.
Por eso esta carrera es distinta. Porque mezcla todo.
El que compite en serio y el que corre por primera vez. El que busca bajar su
marca y el que solo quiere llegar. Todos en la misma calle, con la misma
energía alrededor.
Y cuando se arma la tarde y llega el momento de la
largada, pasa algo que ya es parte de la identidad de la ciudad: Reconquista se
junta. Se encuentra. Se reconoce.
Hoy no es solo una carrera.
abril 25, 2026
El Mensajero del Norte
